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St. Vincent fue una de las grandes triunfadoras del Coachella 2012, el festival indie por excelencia, y muchos ya la coronaron como la nueva reina del indie. Eso sumado a la noticia de que grabó un disco con David Byrne (Talking Heads) fueron argumentos más que suficientes para no perderse su actuación en la Sala Apolo el pasado 20 de junio de 2012.

Estadounidense de Oklahoma, pero con base en Manhattan, St. Vincent es el álter ego artístico de Annie Erin Clark. En 2003 se unió a The Polyphonic Spree y en 2006 los cambió por la banda de directo de Sufjan Stevens. Entre una cosa y la otra fue madurando su sentido del pop, cerca de la música de cámara por la derecha y de David Bowie por la izquierda. Y en el centro, su voz de chica del coro de la iglesia, la de una Kate Bush para la generación Pitchfork. Destapó su tarro discográfico en 2007 con el LP “Marry Me” -antes solo había publicado un par de singles-, en el que las canciones emergían desde ese punto donde el exceso de alegría empieza a transformarse en locura. Su gusto por los contrastes ya estaba ahí. Con “Actor” (2009), más complejo y barroco en los arreglos, consolidó su personalidad musical, ajena a las corrientes, y subrayó que su especialidad es que lo retorcido y lo inusual se escuchen con total naturalidad. Iba para algo más que referente de culto y lo corroboró al componer con Bon Iver uno de los temas del filme “La saga Crepúsculo: Luna Nueva”. Con su tercer trabajo, “Strange Mercy” (2011), ya se aupó al número 19 del Billboard, cuando su predecesor se quedó en el 90. “Un buen disco, pero no creo que sea el mejor que voy a hacer”, declaró.

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